Sus armas fueron la oración, la Palabra y su pluma

Gisela González

 

 

Dentro del espíritu de la conmemoración de la desaparición física de Monseñor Eduardo Boza Masvidal , ocurrida durante el mes de marzo del presente año, la Unión de Cubanos en el Exilio-UCE, realizó un concurso sobre Monseñor entre personas que de alguna manera conocieron y vivieron muy de cerca su presencia desde la adolescencia, durante su vida sacerdotal en La Habana, y posteriormente en el exilio.
El trabajo ganador del primer premio correspondió a la señora Gisela González , amiga personal de Monseñor, quien hoy habita en Residencial Plaza, donde la UCE tiene sus oficinas y donde realiza una labor social importante entre los residentes de la mencionada casa de retiro para personas de la tercera edad. Es relevante mencionar que la Señora González es nieta del Coronel Rafael B. Jiménez, quien junto al General Calixto García, el Coronel Rabí y otros veteranos de la Independencia, acudieron al vaticano donde se entrevistaron con el Papa para pedirle que la patrona de Cuba fuera la Virgen de la Caridad. A continuación transcribimos el trabajo ganador el cual fue escrito del puño y letra de la autora con la sencillez y sentimientos que la unieron a la persona y la obra de Monseñor.


SUS ARMAS FUERON LA ORACION, LA PALABRA Y SU PLUMA.

Por Gisela González

Monseñor Eduardo Boza Masvidal supo poner muy en alto a la Iglesia Católica en su condición de Pastor. Fue un hombre con un gran sentido humano y de justicia, a la vez un cubano amante de su patria y defensor de los derechos humanos de sus compatriotas en un suelo oprimido por el yugo comunista.

Luchó y se reveló incansablemente por la causa cubana, ideales que lo llevaron al destierro en 1961 . Fue un Obispo que ayudó siempre a los más necesitados entregándole todo su amor y la compasión que nadie como él sabía ofrecer. Fue un sacerdote ejemplar que siempre lo recordaremos por sus obras, por su humildad y por la defensa de la verdad.

Por otra parte Monseñor representa la voz de la justicia en una Cuba que se siente impotente ante el enemigo que la esclaviza e impone sus leyes arbitrariamente con el terror. Proclamó la fe divina y la enseñanza del bien contra el mal. Sus armas fueron su palabra y su pluma, a través de la Revista Ideal y del boletín de la UCE donde escribió desde el destierro por más de 40 años para decirle al mundo entero la necesidad de revelarse contra el tirano que destruye y esclaviza a un pueblo que hoy añora su libertad.

Fue un devoto incansable de la oración para que los cubanos de la isla no se sintieran solos, para que supieran que desde lejos, él siempre estaba al lado del pueblo cubano y combatiendo a los opresores de la tierra que lo vio nacer y que tanto amó.

Sus valores los mantuvo siempre en alto, y en lugar de amedrentarse cuando estuvo detenido y mentalmente torturado en Cuba, creció con un deseo inmenso de luchar contra los crímenes y la barbarie a que eran sometidos los cubanos que no aceptaban vivir bajo un régimen opresor con crímenes y abusos de toda índole. Cuánta tristeza había en Cuba y cuánta maldad. Su corazón sufría por lo que sucedía, aliviado únicamente por sus oraciones y sus ruegos al Todopoderoso. Jamás perdió la fe en poder llegar a ver a su patria libre. Hoy estamos seguros que desde el cielo logrará ese anhelo.

En el exilio creó la UCE con el fin de que todos los cubanos nos mantuviéramos unidos, sin importar raza, ni credos, solamente por la idea de la libertad, del regreso y de los genuinos valores patrios y para que le dijéramos al mundo entero lo que realmente sucedía en Cuba: los crímenes, atropellos e injusticias. El mundo entero tenía que conocer el sufrimiento, la impotencia del pueblo cubano, tanto dentro de Cuba como en el exilio, donde no se combatía con armas sino con la voz de la verdad, con la defensa hecha palabras, con la unión y protesta de tantos para de alguna manera llegar a lograr su meta, una meta trazada con dignidad y valentía.

Hoy, después de varios meses de fallecido, debemos seguir su ejemplo patriótico y espiritual, tener nuestro corazón limpio al mal, obrar siempre como buenos cristianos, porque aunque él ya no está en la tierra, desde lo alto puede ver que sus sacrificios no fueron en vano, y que seguimos su doctrina como guía.

Monseñor Boza, el Obispo Santo, será siempre un ejemplo para sus compatriotas, tanto para los de aquí como para los de allá. Siempre recordaremos sus bondades, su fe y su incansable bien contra el mal, sus consejos y su amor a Dios y al prójimo. Ahora más que nunca seguiremos unidos hasta el final para que él se sienta orgulloso de su pueblo. Paz y descanso eterno a su alma, Monseñor, hermano y amigo.