Monseñor Eduardo Boza Masvidal. In Memoriam

Mons. Felipe de Jesús Estévez

 

 

Homilía pronunciada por Mons. Felipe de Jesús Estévez, Obispo Auxiliar de Miami, en la Ermita de la Caridad, el 16 de Marzo 2004
en ocasión de celebrarse el primer aniversario de su fallecimiento.

T
extos: Daniel 3,25,34-43; Mt. 18, 21-35

La escritura en el día de hoy nos presenta la oración penitencial de un joven mártir, Azarias. El le reza a su Dios sabiendo que va a morir por la opresión de un gran tirano, Nabucodonosor-un tirano, hambriento de poder y de fama: “El rey más inicuo y perverso del mundo “(Dan 3,32).

Azarias reza en nombre de su pueblo—y abraza la opresión de su pueblo –un pueblo en llamas y con nobleza le dice al Dios vivo: son justas las sentencias que has ejecutado contra nosotros…somos hoy por nuestros pecados hoy un pueblo humillado, ya no tenemos ni príncipe, ni jefe, ni profeta… pero tenemos un corazón quebrantado y un espíritu humillado…

Al escuchar la noble oración de Azarias, joven mártir es tan fácil recordar la figura de Mons. Eduardo Boza Masvidal en el primer año de su aniversario mortal: hombre de sufrimientos, de fe inquebrantable en Dios, símbolo del pueblo cubano en el exilio (pues su trayectoria refleja las etapas y las andanzas de todos nosotros); personalmente oprimido por una cruel tiranía, hombre humilde de dolores al borde del precipicio y quizás sin muchos éxitos, pero enteramente fiel a sus principios y al Evangelio hasta el último suspiro.

Hoy nuestra oración eucarística la hacemos teniendo su rostro tan presente, recordándonos de sus escritos y maravillándonos de tanta sencilla sabiduría.

Resalta especialmente: (Id. Voz en el Desierto. Revista Ideal, Reflexión en el 25 aniversario de mi ordenación episcopal, Pág. 289-292).

-Su imitación de Cristo pobre y humilde: Su lema lo sintetiza tan bien: Yo no he venido a ser servido sino a servir (Mr 10,45, Mt. 20,28) O como tan bien el decía: “El que no vive para servir no sirve para vivir”.Sirvió humildemente: sacerdote confesor disponible, cerca de los pobres y sencillos, Obispo-padre, expresaba una bondad transparente.

-Su amor a Cuba: Como el mismo decía: “ni el tiempo ni la distancia ha disminuido mi amor a Cuba porque para mí el amor a la patria no tiene nada que ver con la geografía, ni con el calendario,”. Cuba fue su dolor y causa de su exilio. Nunca se encontró en él venganza, amargura, violencia verbal o conversación hiriente, vivía el perdón cristiano y reflejaba las enseñanzas de las bienaventuranzas sobre el enemigo. Fue testigo de la parábola de la misericordia que hemos escuchado esta noche del diacono: “Pues tu también debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de tí”. Mt. 18, 33.

-Su amor a Venezuela: su segunda patria y con su pueblo se identificó. “Yo nunca he encontrado dificultad en unir una sana y profunda integración a este país en que me encuentro y a la vez seguir amando a Cuba” escribía, y encontraba en la figura del Padre Félix Varela una inspiración en esa difícil síntesis de fidelidad e integración cultural. Y como lo sospechaba, allí en Venezuela dejó enterrado su corazón.

-Sirvió a la diáspora, al exilio cubano como una inmensa diócesis extendida por el mundo. Reconocido por Creced, como el profeta del exilio. Reconocía que en su providencia, Dios le había dado esta difícil porción de su pueblo. Y por eso nos visitaba, nos organizaba (UCE, Fraternidad Sacerdotal, Creced, etc.) Y orientaba con su palabra oral y sobre todo escrita (dotado él de una sobresaliente habilidad de iluminar con su pluma). Y este carisma de ayer, lo es hoy para nosotros y lo será mañana para la Iglesia en América. Ya que en sus escritos tenemos un ideario, una visión social de una Cuba futura y de un exilio fecundo, pero a la vez una concreta visión de como el Evangelio social se hace vida en las sociedades de nuestros pueblos en toda la América.

Una anécdota: en una celebración de un importante aniversario que se le tributaba en Puerto Rico, el P. Lebroc decía en su prédica un listado extenso de lo que pensarían de Mons. Boza, los diferentes gremios, los sufridos, todos los que en él encontraron una mano amiga y protectora. Al final, en unas breves palabras le dio las gracias al P. Lebroc y dijo entonces que cuando Lebroc hacia el extenso listado, el se decía en su corazón, ¿y qué pensaría Jesús de mí?

El día de su entierro, el periódico diocesano de la diócesis de los Teques, anunciaba su muerte así: Ha Muerto un Obispo Santo. Y los que estábamos allí, oímos lo mismo de la gran multitud allí congregada.

Agraciados somos, muy agraciados somos de haber conocido a Mons. Eduardo Boza y que justo es esta celebración eucarística, esta anáfora de acción de gracias, porque en este santo Obispo hemos visto y contemplado el rostro del Señor Siervo y fiel …pastor que amó a su grey con todo su corazón, con toda su alma, con todo su ser.

Fuente: Revista Ideal Marzo del 2004 No.327