Recuerdan en La Habana a Mons. Boza Masvidal

Orlando Márquez

 

 

El amor a Cuba, a su pueblo y a su Iglesia le acompañó siempre”, afirmó Mons. Salvador Riverón, Obispo Auxiliar de La Habana, en Misa oficiada en la Parroquia de la Caridad
Entre los participantes de la misa estuvo Margarita Heymann Boza, sobrina de Mons. Eduardo Boza Masvidal. y la Hermana Rita Laneza h.s

 
LA HABANA. La Parroquia de la Caridad, en el populoso barrio de Centro Habana, abrió sus puertas a todos los que, desde esta ciudad, quisieron dar un adiós espiritual a Eduardo Boza Masvidal en una misa por el difunto obispo.
La misa de exequias, celebrada el 18 de marzo a las 6 pm, estuvo presidida por el Obispo Auxiliar Salvador Riverón, a quien acompañaron el Nuncio Apostólico en Cuba, Mons. Luis Robles, el Vicario del Oeste de La Habana, Mons. Carlos Manuel de Céspedes, el actual párroco de la Caridad y Canciller de la Arquidiócesis, Mons. Ramón Suárez Polcari y varios sacerdotes. El Arzobispo de La Habana, Cardenal Jaime Ortega, y el Obispo Auxiliar Alfredo Petit, se encontraban fuera de Cuba.

Entre el nutrido grupo de fieles asistentes hubo lágrimas y muchos rostros tristes. Allí estaban los sobrevivientes de una experiencia inolvidable, acontecida un día de septiembre de 1961, cuando el que era entonces párroco de la Caridad y Obispo Auxiliar de La Habana, Mons. Boza, junto a otros 130 sacerdotes, fue expulsado de Cuba en el vapor español “Covadonga”. Se alcanzó así el clímax en las tensas relaciones Iglesia-Estado en aquella década.

Eduardo Boza Masvidal, quien fuera durante varias décadas párroco del Santuario habanero de Nuestra Señora de la Caridad, más tarde Obispo Auxiliar de la Habana y Rector de la Universidad Católica de Santo Tomás de Villanueva, murió el pasado domingo 16 de marzo en Los Teques, Venezuela. Había recibido el permiso de las autoridades para regresar a Cuba y realizó dos visitas: la primera en 1987, la segunda durante la histórica peregrinación del Papa Juan Pablo II a la Isla. En las dos ocasiones el reencuentro fue memorable.


La reflexión sobre el Obispo


“Nos reúne en esta Concelebración Eucarística el afecto, la admiración y el agradecimiento a la persona de Mons. Eduardo Tomás Boza Masvidal”, comenzó diciendo en su homilía Mons. Riverón, y explicó que se trataba de “afecto al Padre que con su amabilidad y cercanía motivó el cariño de cuantos le trataron. Admiración hacia el Pastor que con su entereza condujo por el buen camino y protegió cuanto pudo a las ovejas que le fueron confiadas. Agradecimiento al maestro de la fe que enseñó con sabiduría la sana doctrina, saciando el hambre de Dios del pueblo, y al Padre y Pastor que procuró también aliviar cuanto pudo las necesidades de los pobres”.

En otra parte de su homilía, Mons. Riverón recordó la especial circunstancia vivida por el difunto obispo y que, según sus palabras, Mons. Boza enfrentó con un “amor aquilatado por la prueba del sufrimiento”, manifestando “una inmensa paciencia y una gran entrega y disposición al sacrificio”.

El Obispo Auxiliar de La Habana afirmó que en momentos particularmente difíciles en que predominaba “un entusiasmo político arrollador, vinculado con las concepciones materialistas, ateas y colectivistas del marxismo-leninismo” de la época, Mons. Boza “promovió la moderación, desde la visión cristiana del hombre y desde las exigencias de la fe en Dios”. Con relación a la expulsión decretada por las autoridades, Mons. Riverón expresó que de esa forma comenzó “un largo itinerario de sufrimiento, especialmente doloroso por la clara convicción de las graves consecuencias que están previstas por la palabra profética: ‘heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’”.


En la memoria


María Caridad Martínez, miembro de la comunidad desde antes de la llegada del Padre Boza, recuerda el domingo 10 de septiembre de aquel año 1961 como el último día que el obispo y párroco ofició misa en su querida Iglesia de la Caridad. Si se le pregunta cómo lo recuerda, ella no duda en responder: “Estoy convencida de que conocí un santo en vida”.

María Caridad recuerda que el padre Boza llegó en 1947 a la Caridad como Vicario Cooperador para ayudar a Mons. Eduardo Ferrer, que estaba enfermo, pero no tenía la encomienda de permanecer tras la muerte del párroco. Tal fue la simpatía ganada por el joven Boza, que decenas y decenas de firmas, recogidas entre parroquianos, vecinos y comerciantes del barrio, acompañaron una carta remitida al entonces Arzobispo de La Habana, Cardenal Manuel Arteaga, solicitando que ratificara a Eduardo Boza como párroco. No se sabe si las firmas convencieron al Cardenal o si éste ya había tomado la decisión. Lo cierto es que Eduardo Boza fue nombrado párroco.

Ahí, rememora María Caridad, comenzaron sus importantes obras eclesiales y sociales: fundó la escuela parroquial para los niños del barrio y la escuela católica para los niños chinos del cercano barrio de Zanja; habilitó un dispensario médico parroquial con consultas diarias y entrega de medicinas para los pobres; creó centros catequísticos en los grandes solares de la barriada, como los solares “Salaya” ––aún existente–– y el “Reverbero”, hoy desaparecido; a las procesiones del Santo Entierro y el Corpus Christi, Mons. Boza añadió la procesión de la Caridad; creó el “ropero de los pobres”; fundó los Caballeros Católicos y la Juventud Masculina de la Acción Católica de la parroquia; instituyó la adoración nocturna y la Conferencia de San Vicente de Paúl.

Y por si no fuera suficiente, a todo ello Mons. Boza añadió una misión especial: Asesor espiritual de los Boy Scouts de Cuba. “El se vestía con el uniforme de los Boy Scouts”, dice María Caridad, “pero con pantalón largo, y aquí en la parroquia tenía un grupo de Boy Scouts”.

Al parecer muy celoso de la liturgia, Mons. Boza había creado también lo que llamó el “pequeño clero”, un grupo de unos treinta chiquillos que preparaba para ser monaguillos, a quienes enseñaba cómo comportarse y disponerse en la celebración, y les daba sencillas lecciones de latín para responder como se debía entonces.

Lázaro Cotilla fue miembro del “pequeño clero” desde los doce años y tiene un recuerdo particular de su antiguo párroco. “Fue el Padre, el Obispo y, para mí, es ya el siervo de Dios. Fue durante toda su vida un consagrado a Dios y a la Iglesia y nunca tuvo una palabra de odio, jamás le oí decir, durante las veces que nos encontramos en Miami, una palabra de odio; al contrario, siempre palabras de aliento y de interés por Cuba”.

El mejor testimonio


Pero quizás no haya mejor testimonio que el del mismo Mons. Eduardo Boza Masvidal. En lo que se considera fue su último escrito, una especie de testamento espiritual dirigido a todos los cubanos, reflexionó sobre su vocación primera, el sacerdocio ministerial. “Ya no puedo hacer mucho, pero me alegro de poder ayudar sobre todo durante largas horas en el ministerio de las confesiones. Viene mucha gente que realmente necesita orientación y ayuda, muchos con problemas graves, muchos alejados por largo tiempo, y es hermoso que a pesar de ser yo también pecador, pueda ser instrumento del perdón y de la misericordia del Señor y poder contribuir a que haya fiesta en el cielo por cada pecador que se acerca a Él”.

La muerte se le hizo más cercana, la hermana muerte al decir de San Francisco, y escribió: “ya estoy cerca de esa meta, con todas las limitaciones y deficiencias físicas que nos traen los años, pero siempre con ilusión y con esperanza. Antes de la reforma litúrgica se comenzaba la misa con las palabras de un salmo que me gustaba mucho: ‘Me acercaré al altar de Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud’. Las decía cuando, recién ordenado, estaba lleno de vida y de fuerzas, y aunque la actual liturgia las ha suprimido, yo las sigo diciendo cada mañana, porque hoy Dios sigue llenando de alegría mi juventud, alimentada en la eterna juventud de Cristo. Parece que Dios se ha olvidado de que me tiene todavía por aquí y ya va siendo hora de que se acuerde y me llame”.

En la deteriorada barriada de la Parroquia de la Caridad, en La Habana, deambula el espíritu del antiguo párroco. El barrio sigue siendo pobre, necesitado de muchas atenciones, no sólo materiales.

Para la Iglesia de Cuba permanecerá por siempre el ejemplo del Pastor, sufrido pero también alegre en el Señor de la Historia, vencedor del mal.

Fuente: La Voz Católica Marzo del 2003